La batalla de Somosierra (Madrid) - 30 de Noviembre de 1808
Tras la insurrección contra José I (mayo de 1808), Napoleón decidió formar un ejército de forma apresurada para recuperar Madrid de manos rebeldes e impedir así que la insurreción se extendiera. Se formaba así el Ejército de España, con el cual atravesó los Pirineos y avanzó directamente a Madrid, desde el norte. El camino que seguían las tropas galas serpenteaba por un puerto de alta montaña coronado por el pueblo de Somosierra. Por el camino el Emperador se fue anotando una serie de victorias de cierta importancia en Burgos y Vitoria. El ejército que se encontraba frente a Madrid constaba de casi 40.000 hombres.
El general Benito San Juan intentó ganar tiempo para que el ejército español organizase una defensa en la capital (esperando a un contingente luso-británico). Napoleón deseaba tomar la capital y devolver el trono a su hermano, objetivo primario si quería restablecer el orden. La rapidez era clave.
El 29 de septiembre la avanzadilla del ejército de Napoleón se acercaba al pueblo de Somosierra, y lo encontraron ocupado por la artillería hispana, dispuesta en tres baterías escalonadas de dos piezas ligeras cada una, más una batería de artilleria pesada en la cima, con diez piezas artilleras. Esta última se encontraba coronando una fortaleza improvisada. Aproximadamente 9.000 soldados españoles protegían la artillería, atrincherados en cada roca y resguardados tras cada peñasco, agrupados en pequeños pelotones que se cubrían mutuamente. Napoleón ordenó a la división de infantería del general François Ruffin (1771-1811), parte del cuerpo del general Claude Victor (1764-1841) que se apoderara del puerto y liberase el camino.
Los hombres de Ruffin sufrieron un mortífero fuego de los españoles, mejor situados, y al anochecer Bonaparte canceló el ataque, posponiéndolo para el amanecer. Esperaba así reunir más tropas y estar preparado para efectuar una penetración.
Al día siguiente se reanudó el ataque, pero nuevamente los mosquetes y cañones españoles les hicieron sufrir muchas bajas. El estrecho camino impedía maniobrar bien a las columnas francesas y mucho menos intentar un flanqueo rápido. Aprovechando un momento de pausa en el combate Napoleón cabalgó hasta un punto de observación, seguido por el tercer escuadrón del regimiento
Chevaux-Légers polaco.
El antiguo estado de Polonia había sido desmebrado en 1792 entre Rusia, Prusia y Austria, desapareciendo del mapa. Tras las brillantes campañas de 1805 y 1807, Polonia se convirtió en estado satélite de Francia (como el Gran Ducado de Varsovia), y los polacos vieron a Napoleón como un libertador. Cuando éste entró en Varsovia, éstos comenzaron a unirse a su causa. Para demostrarle su apoyo a Bonaparte se formó un regimiento de caballería con los mejores jinetes polacos, y se incorporaron a la Grande Armée. Y España fue la primera campaña del regimiento polaco.
Mientras Napoleón observaba las posiciones españolas a través del catalejo, las balas de los cañones pasaban peligrosamente cerca, pero el fuego enemigo no le asustaba; le enojaba. No podía creer que las tropas rebeldes resistieran a la infantería de Ruffin, ya que pensaba que eran muy inferiores a las suyas. Frustrado, ordenó al general Hippolyte Piré (1778-1850) que apoyase con su caballería el ataque. Pero esto no sirvió de mucho, ya que el terreno y el fuego enemigo conspiraron para hacerles retroceder. Cuando Piré regresó, confesó que le era imposible tomar el puerto. Napoleón montó en cólera. "¿Imposible? No conozco esa palabra." Entonces se volvió hacia el coronel Jan Kozietulsky (1781-1821), comandante del escuadrón de escolta polaco. Señaló la colina y ordenó: "Tome esa posición, al galope".
Muy probablemente Napoleón sólo se refería a la primera batería, pues era el único que se distinguía claramente entre la niebla. Pese a no tener del todo clara la orden, Kozietulsky saludó a Napoleón y galopó hacia sus hombres. Otros oficiales franceses oyeron la orden y pensaron que se trataba de un suicidio. ¿Un escuadrón va a atacar donde fracasó una división? Ante sus incrédulos ojos los polacos formaron en columnas de a cuatro, y se les unieron otro pelotón de caballería polaco recién llegado y algunas tropas montadas galas.
Los oficiales ordenaron entonces que otras unidades apoyaran el ataque, pero los polacos no esperaron. En su lugar Kozietulsky se colocó a la cabeza de sus hombres y exclamó: "Adelante, hijos de perra, el Emperador está mirando". Resonó entonces un grito de "Vive l'Emperour" y los polacos desenfundaron los sables, clavaron las espuelas a sus caballos y comenzaron a avanzar.
Una granizada de metralla y balas rasas fue el recibimiento de los españoles. Caballos y jinetes caían, pero nadie se frenaba. Los polacos cogieron velocidad, y los artilleros españoles, sorprendidos por la valentía de esos hombres, orientaron todas las piezas a la caballería entrante. La metralla de tres baterías hacía quedar sillas vacías, pero la carga seguía adelante. Llegaron entonces los polacos a la primera batería, y acabaron con todos sus defensores a golpe de sable. Pero no se quedaron ahí. Continuaron ascendiendo mientras el fuego de mosquetería les hacía perder más y más hombres, pero ya tenían a la vista la segunda batería. Cogieron velocidad nuevamente y entre gritos y estocadas mataron a todos los artilleros y a sus defensores. Al final llegaron a la cumbre, el terreno se allanó y terminaron con la tercera batería española. El escuadrón polaco, con los caballos exhaustos y con menos de la mitad de los hombres, se detuvo a poca distancia de la última batería.
Sin embargo, pese a no conseguir acabar con la última, su carga trastocó toda la defensa española. La infantería del general Ruffin avanzó por fin, junto a un regimiento de caballería francés y más polacos. Acabaron con toda resistencia hasta la cumbre, haciéndose dueños de Somosierra. A continuación los pocos supervivientes españoles se retiraron.
Napoleón observó toda la matanza con su catalejo, y en cuanto la bandera francesa ondeó en lo alto del puerto, cerró éste de golpe y dio la orden de avance general. Subió a su corcel y galopó por el sinuoso camino, fijándose en los restos de la batalla. Uno de los primeros jefes de estado mayor que llegaron a la cima fue el mariscal Alexandre Berthier (1753-1815). Un oficial polaco agonizante se incorporó un poco sobre su codo y señalando la batería española, jadeó: "Ahí están los cañones, dígaselo al Emperador".
Finalmente también llegó Bonaparte, y junto a la tercera batería encontró al teniente Niegolewski, al que habían herido 11 veces durante la carga, sentado en el suelo, apenas consciente, y apoyado sobre un cañón. El Emperador llamó a un cirujano y desmontó. Se arrodilló a su lado, le agarró una mano y le dio las gracias por el enorme esfuerzo. Después se quitó la
Légion d'honneur de su pecho y se la colocó al teniente. A continuación Bonaparte se levantó y proclamó que los polacos eran los más valientes soldados del ejército. Cuando los escasos supervivientes formaron y se trasladaron a la retaguardia, pasaron frente a la Guardia Imperial. Siguiendo órdenes del Emperador, los guardias presentaron armas al pasar lo que quedaba del regimiento polaco. Más tarde 17 de aquellos hombres fueron recompensados con la
Légion d'honneur, y Napoleón ordenó que los polacos, desde entonces armados con lanza, pasasen a ser parte de la Vieja Guardia. Estos hombres seguirían a Napoleón hasta su exilio de 1814, volviendo más tarde a su servicio durante los 100 Días.
Un resumen esquematizado y no del todo exacto de la batalla: